Te tengo enfrente. Me mirás. Te miro. Los círculos de café me penetran, me desafían, me atrapan. Decido subir la apuesta, clavo la mirada en el centro y no la aparto. Hacés lo mismo, inmóvil. Trato de aguantar, no bajar la vista. Se me hace muy fácil continuar con el contacto visual. Encuentro la conexión que me permite no mover mis ojos de los tuyos. Y pienso esas dos palabras y las digo para dentro. Obviamente no las escuchás, pero ya sabés cuáles son.
Encuentro un gesto. Tu mirada firme me dice algo. Interpreto un permiso para despegar mis ojos de los tuyos. Reniego, no tengo ganas. Por qué hacerlo si me gusta, si lo disfruto. Accedo a explorar. Alzo mi mano y con el pulgar acaricio tu suave pómulo. Intento apoyar la palma por debajo de tu cara, allí donde se junta con el cuello, pero me es difícil. Y sonreís. Y no puedo resistir la tentación y pierdo en el juego de las miradas. Retiro mi vista del oasis detrás del cristal y poso mis ojos en el paraíso de tu boca. Con el pulgar la toco. Y recorro tu sonrisa siguiendo el camino color rosa de los labios. Me acerco un poco más y en voz baja pronuncio esas mismas dos palabras. Pero no las escuchás.

